Dos turistas estadounidenses decidieron marcarse un "liberad a Willy" versión marisquería en Italia. Grave error

El suceso ocurrió en Campania y ha generado un debate interesante: ¿altruismo o inconsciencia?

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Carlos Prego

Editor - Magnet
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Carlos Prego

Editor - Magnet

En teoría iba a ser un gesto bonito, una performance con la que dar un punto emotivo a unas vacaciones en el Mediterráneo, pero ha acabado convertido en un error garrafal. Hace unos días, mientras comían en un restaurante de Campania (Italia), dos turistas de EEUU decidieron rescatar a la docena de bogavantes que nadaban en el acuario del local. Pagaron por ellos. Los metieron en un barreño. Se subieron a un taxi. Y viajaron varios kilómetros hasta una playa del Tirreno, donde liberaron a los crustáceos. Todo fantástico si no fuera por un pequeño detalle: lo que hicieron podría suponer un delito medioambiental.  

Ahora se arriesgan a pagar una multa considerable.

Dice el refrán que el infierno está empedrado de buenas intenciones. En el Tirreno las buenas intenciones han provocado otra cosa: una liberación ilegal de bogavantes. El suceso ocurrió hace unos días, cuando dos turistas de Texas (madre e hija) decidieron coronar sus vacaciones en Nápoles con un gesto que a priori parecía tan altruista como emotivo: compraron una docena de crustáceos condenados a morir en una cocina para luego liberarlos en el mar.

Nur01521 Flickr Noaa Photo Library

Para entender la historia hay que viajar al restaurante Mercato Pompeiano, en Campania, donde la pareja de estadounidenses decidió probar la gastronomía local. Hasta ahí nada extraño. La sorpresa llegó cuando pidieron al camarero que les vendiera todos los bogavantes que nadaban en el acuario, el típico expositor en el que los clientes pueden escoger el marisco que quieren que les cocinen.

Su intención no era darse un festín, sino meter a los animales en un barreño para liberarlos en el mar. Fue la propia hija quien se encargó de pescarlos del estanque con una red. Luego, para pasmo de los dueños del restaurante, las dos turistas se subieron a un taxi y viajaron hasta la cercana playa de Castellammare di Stabia

Una vez allí la hija se remangó, se acercó a la línea de costa en la que rompían las olas y fue soltando uno a uno los bogavantes que hasta poco antes miraban a los comensales del Mercato Pompeiano con las tenazas sujetas con cintas.

¿Gesto altruista o delito ambiental?

No hace falta imaginárselo. Podemos ver la escena porque las turistas se encargaron de grabarlo todo en un vídeo que ha acabado viralizándose. En él se observa a la hija en la playa, con el barreño y agua hasta los tobillos, liberando los bogavantes, mientras la madre inmortaliza la escena con su móvil. Algunos medios italianos precisan que iban acompañadas de un guía.

"Queremos llevarnos a EEUU este recuerdo. Ha sido hermoso", explica la madre. La pareja incluso envió un mensaje al dueño del restaurante. "Aunque solo vivan unos días más, valió la pena. Mi madre siempre ha querido hacer esto cuando veíamos bogavantes en restaurantes, pero no había sido posible".

El vídeo de la liberación no tardó en correr como la pólvora en redes, donde provocó reacciones enfrentadas. Hay quien aplaude el gesto por su altruismo. Y quien lo considera una majadería con graves consecuencias medioambientales.

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Hanno comprato tutti gli astici che erano nell'acquario del ristorante. Salvandololi dalla morte e dal destino segnato di finire tra i piatti in menù. Due turiste texane arrivate a Pompei dal Texas si sono fatte accompagnare sulla spiaggia di Castellammare di Stabia e li hanno liberati in mare. Terminata la missione salvezza hanno inviato un messaggio in inglese al proprietario del ristorante: "Grazie per avercelo permesso, se anche vivranno qualche giorno in più ne è valsa la pena. Mia mamma avrebbe sempre voluto farlo quando abbiamo visto le aragoste nei ristoranti, ma non è stato mai possibile". Il fuoriprogramma nato quasi per caso, quanto le due turiste americane hanno visto gli astici nuotare nell'acquario accanto al tavolo dove era sedute a mangiare. È stata la stessa figlia a prenderli uno alla volta con il retino usato dai camerieri del locale, pescandoli dall'acquario con per metterli in sicurezza. Tutto ripreso con il cellulare dalla mamma: "Vogliamo portare a casa negli Usa il ricordo di questo avvenimento. È stato bello, siamo felici. Abbiamo regalato loro una ultima possibilità". di Mariella Parmendola

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¿El motivo? A ojos inexpertos tal vez todas los bogavantes parezcan iguales, pero no es así. En la grabación se aprecia que los animales que las turistas soltaron en el mar son de la especie Homarus americanus (americana o canadiense), oriunda del Atlántico noroccidental y que se caracteriza por el tono marrón del caparazón, muy distinto al tono azulado de la variedad europea. No es ninguna sorpresa porque la "langosta americana" es la que usan los restaurantes de la zona.

Ese detalle es importante porque la Homarus americanus se considera una especie invasora en el Mediterráneo. No solo eso. Las liberaciones de animales, aunque solo sea de una docena de ejemplares, como ocurrió en Castellammare di Stabia, requiere de estudios y una cuidadosa planificación previa. Primero porque introducir especies puede alterar los ecosistemas. Segundo, porque no es extraño que los ejemplares sueltos porten parásitos o enfermedades.

Por si lo anterior no fuera suficiente hay expertos que advierten que los bogavantes liberados por las turistas estadounidenses probablemente no vivieron mucho más tiempo del que hubieran aguantado en el acuario del restaurante. ¿La razón? Seguramente el agua del estanque se mantenía a una temperatura inferior a la que se encontraron en la playa de Castellammare di Stabia, con lo que no es descabellado que al poco tiempo sufrieran un choque térmico letal.

Lo peor de todo no es que ambas turistas se hayan visto envueltas en un agrio debate medioambiental en redes o que su gesto, bienintencionado, pueda suponer un error garrafal en términos medioambientales. Lo peor es que se arriesgan a multas considerables o incluso penas de prisión.

Su performance podría entenderse como un delito contra la biodiversidad, una vulneración de la legislación italiana y comunitaria que, como se encargaba de recordar estos días la prensa local, acarrea hasta tres años de prisión y multas administrativas y penales de entre 10.000 y 150.000 euros.

Imágenes | Krystal MacKay (Unsplash), Victor Malyushev (Unsplash) y Wikipedia

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